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Una vista de la exposición de William Kentridge en el CAC Málaga. Foto: CAC Málaga |
A. L. Pérez Villén/ Ars Operandi
Cuando William Kentridge apareció hace unos años en la escena artística –blanco y
sudafricano– no podía dejar de pensar en otro compatriota suyo
–también blanco y Nobel
de Literatura– J. M. Coetzee. No tanto porque coincidiesen en el origen como por el patrón
que parece guiar sus respectivos trabajos. La obra de Coetzee, áspera y turbadora, delata
el compromiso de su autor con una escritura sanadora, posiblemente contradictoria pero
tremendamente saludable para quien la escribe y quien la disfruta, una escritura que no
duda en volver a abrir la herida –el sistema de apartheid que vivió su país hasta hace muy
pocos años– y hurgar en ella con tal de recuperar la memoria del olvido y restituir la historia
desde otros puntos de vista. La experiencia no puede ser más que traumática, no se salda
con una obra acomodaticia sobre la que se pueda pasar sin tomar partido pero en todo
caso será un experiencia necesaria, incluso placentera. Porque los textos de Coetzee son
literatura, no son panfletos políticos ni manifiestos propagandísticos, se leen y aunque no
te dejen indemne sino que exijan una lectura activa son escritos que conllevan la plusvalía
del arte. Igual sucede con Kentridge.
Nacido en Johannesburgo (1955), Kentridge es ante todo dibujante, aunque también
trabaja el cine de animación –durante muchos años vivió de su empleo de director de TV– ,
la escultura, el tapiz, además de ser autor teatral y concebir el vestuario y la escenificación
de algunas óperas. Pero por encima de todo el dibujo, que es la herramienta con la que
asume la creación artística como un acto de contrición, el utensilio con el que restaurar la
justicia social y reescribir la historia; el dibujo como proceso abierto que es negado y vuelto
a valorar y con el que moldear de nuevo las figuras y las situaciones de la vida mental, de
la memoria. Dibujo que se borra y se vuelve a dibujar quedando patentes las huellas del
proceso (sus vídeos y películas de animación siguen esta pauta), dibujos a carboncillo,
expresivos, casi expresionistas, gestuales y rotundos, incisivos y monocromáticos. Su
obra posee una paleta cromática muy restringida, lo que otorga al color –según dice María
Corral en el texto del catálogo– una valencia simbólica nada desdeñable y que se decanta
por los rojos y azules y algún ocre amarillento como complemento del negro.
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Foto: CAC Málaga |
Es en el cambio de siglo cuando la obra de Kentridge comienza a adquirir notoriedad
internacional (también por estos años inicia su relación con el tapiz) y en los últimos años
cuando es reclamado por museos y centros de arte de todo el mundo. La razón es que
terminan por rendirse ante su fórmula. Y es que aunque la etiqueta de arte político le
confiera una consideración propedéutica, la obra de Kentridge es tremendamente artística,
diríamos que bastante bella y sin duda museística. Quiero decir que no se trata de
ejercicios de estilo ni tampoco es trabajo de archivo, es una obra imbuida de una estética
que solamente cursa con la Historia del Arte y muy poco con la actualidad artística. Prueba
de ello es la elección del tapiz (y el mosaico) como procedimiento creativo, una técnica a
mitad de camino entre el arte con mayúsculas y las artes decorativas. Sin embargo este
detalle no representa problema alguno para el artista, muy al contrario, no sólo recupera la
tradición artística del tapiz (recordemos a Rubens y Goya o más recientemente a Picasso
y Miró) sino que la vincula al trabajo colectivo desarrollado por las tejedoras del Stephens
Tapestry Studio en Swazilandia y Johannesburgo.
Además el tapiz no deja de ser un mural portátil, como le gusta apuntar a Kentridge,
un mural que se puede enrollar, transportar y volver a proyectar en otro lugar –como
sus animaciones de dibujos- y de manera permanente. El punto de partida suelen ser
mapas y planos del siglo XIX, sobre los que incorpora un repertorio restringido de siluetas
(sombras) de figuras (porteadores) que reinterpretan las migraciones y convulsiones
sociales, bélicas y políticas contemporáneas. Así surgen las series Porter y Horse and
Nose, a las que se añaden los tapices realizados para las exposiciones en el MoMA y la
Ópera de Nueva Cork y el Museo de Capodimonte de Nápoles. En la del CAC de Málaga
se ha añadido otro, especialmente realizado para la ocasión, que parte de un plano-guía
de la ciudad (L.Thuillier, 1880). Junto a este se exhiben más de medio centenar de piezas,
entre tapices de gran formato (una veintena), bocetos, dibujos, mosaicos y esculturas. Y
todo ello bajo el enigmático título de ¿No se unirá usted al baile? Kentridge nos convoca
al acto y no sabemos si quiere de nuestra complacencia –disfrutar sin más del arte– o que
hurguemos en la herida para sanar la historia y restablecer la memoria. Me reservo mi
opinión pero me gustaría saber de la tuya.
William Kentridge
¿No se unirá usted al baile?
CAC Málaga
Clausura: 13 de mayo
Comentarios
Un saludo.
Este artículo, y otros publicados por vosotros en estos últimos meses, me llevan, una y otra vez a preguntarme por ¿cuántos, cuáles artistas, trabajan en nuestros días por la necesidad de crear, de comunicar, sin encargos ni compromisos?
La obra de Kentridge muestra la coherencia de su memoria artística y vital.
Manolo Garcés