TRIBUNA ABIERTA
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José Sánchez Muñoz, La familia de Romero Barros en uno de los patios del Museo de Bellas Artes de Córdoba, 1899. Archivo Fundación Viana |
Marta Jiménez / para Ars Operandi
Rafael Romero Barros (Moguer 1932-Córdoba 1895) fue, en realidad, muchos hombres. Lo asombroso es que todos destacaron en una sola persona con una sola vida: la de un extenso humanista. Su existencia giró en torno a la cultura de su ciudad de adopción hasta el día de su muerte, en la que trabajó por la musealización del patrimonio artístico, realizó restauraciones en la Mezquita y otros muchos edificios, investigó sobre arte, arqueología y urbanismo, pintó bodegones y paisajes, además de ejercer de pedagogo de grandes artistas de su tiempo, entre ellos sus propios hijos. La sombra de uno de ellos, Julio Romero de Torres, ha eclipsado injustamente la estela histórica de un hombre que llegó a Córdoba en 1862 como conservador del Museo Provincial, hoy Museo de Bellas Artes, localizado en el mismo solar donde vivió en la Plaza del Potro. Por ello, el Museo ha dedicado este 2012* a celebrar los 150 años de la llegada a Córdoba de este intelectual que revolucionó la vida cultural en la ciudad.
En aquel viejo caserón Romero Barros puso los cimientos de instituciones que hoy perviven radiantes, tales como el Museo de Pinturas, el Museo Arqueológico, la Escuela de Bellas Artes (germen de la actual Mateo Inurria) o el Conservatorio de Música. Rara vez alguien ha hecho tanto por la cultura y el arte en Córdoba como aquel hombre “de cabeza artística, de rostro enjuto con perilla, de mirada viva y penetrante, inquieto, locuaz e ingenioso”, como lo retrataba el periodista Ricardo de Montis.
Paralelamente a la abundante actividad de su día a día, Romero Barros escribió sobre lo que pensaba, lo que descubría y a las conclusiones que llegaba: realizó crítica de arte, interpretación arqueológica, restauración, difusión y defensa del patrimonio… todo ello con el gran altavoz que suponía la prensa local cordobesa de finales del siglo XIX. Tal actividad literaria ha sido olvidada por la historia, por mucho que el artista e intelectual decimonónico pusiera grandes esfuerzos pedagógicos para convertirla en “crónica periodística”, a través del principal periódico que se editaba en la ciudad durante los 33 años que aquí vivió: el Diario de Córdoba, cuyo subtítulo rezaba De comercio, industria administración, literatura y avisos.
Tras la revolución de 1868, la Constitución de 1869 reconoció la libertad de prensa, por lo que surgieron numerosos periódicos y revistas, también en Córdoba. Aunque estos eran un producto para minorías, ya que la mayoría de la población cordobesa era analfabeta en una sociedad muy polarizadas, los periódicos, a pesar de sus pequeñas tiradas, tenían una amplia difusión debido a la tradición de la lectura en voz alta y la existencia de gabinetes de lectura. Si bien, la sociedad empezaba a amoldar sus estructuras económicas y sociales a las nuevas realidades de la civilización contemporánea. Por ejemplo, a un urbanismo burgués que suponía una amenazaba para muchos edificios históricos, en cuya defensa alzó su voz desde la prensa local Romero y Barros —tal y como firmaba sus extensos artículos— con un estilo florido y romántico, poniendo la semilla de una conciencia ciudadana con el patrimonio que ha llegado hasta nuestros días. Todo un pionero del periodismo cultural en Córdoba. Un cronista que también era parte activa de mucho de lo que relataba y cuyos artículos constituyen un gran documento sobre la Córdoba de su tiempo, sobre la vida y el arte.
Romero Barros escribió sobre casi todo lo que tenía que ver con cultura en el periódico cordobés: sobre arqueología, monumentos, pintores, sobre sus impresiones sobre determinados lugares, relatos de viajes, crónicas de la vida intelectual cordobesa y hasta relatos de ficción. Escribe para él mismo y su círculo ilustrado pero también para el pueblo, en defensa del patrimonio y por la divulgación del arte. Sus artículos son pequeños ensayos de sus investigaciones, algunos convertidos en grandes informaciones de sus descubrimientos. Por la extensión de sus textos, muchos se hacían por entregas durante varios días y terminaban con un “continuará…”.
Aunque su gran crónica de un hallazgo fue en ‘La ermita de santa Quiteria (…)’, publicado en 1878 y en el que comenzaba pidiendo la rehabilitación de ese edificio sin aún saber que se trataba de la antigua Sinagoga de Córdoba. Durante las obras se realizó el importante descubrimiento y Romero Barros escribe una serie de artículos detallando la preciosa artesanía mudéjar y las inscripciones hebreas que sus muros contenían ocultos. Aprovechó también para denunciar “la huella lamentable de la profanación” en el segundo tercio del XVII, cegando espacios con rudos tabiques y groseras argamasas que obedecían a una idea mística y altamente religiosa.
El hallazgo en 1884 de una lápida labrada en yesería, reveló la siguiente inscripción publicada en la prensa por Romero en 1885: “Santuario primoroso de la Ley que acabaron con perfección Isaac Mahah, hijo de Agguebir Efrain Guiboach, hijo de Sajáh. Año 75.” (5015 de la creación; 1314 DC). Declarada entonces Monumento Nacional, Romero Barros obligó al obispo Fray Zeferino González a retirar las imágenes cristianas de la capilla. Lógicamente, el obispo no aceptó de grado alegando que el hecho de esta calificación no le eximía de la jurisdicción de la iglesia. El asunto acabó en los tribunales y se zanjó en 1916 cuando este edifico pasó a ser propiedad pública y se cedió a la Comisión Provincial de Monumentos de Córdoba. Un antiguo templo que recobraba su aspecto original gracias a la restauración arqueológica. Una victoria de la que curiosamente tomaría posesión Enrique Romero de Torres en nombre del Gobernador Civil presidente de la comisión. Sin duda, este fue el gran hallazgo del historicismo romántico cordobés que nos lleva a preguntarnos qué hubiese ocurrido hoy ante semejante descubrimiento: ¿Hubiese permitido la iglesia y la ciudad convertir una ermita en Sinagoga? Quién sabe.
Aunque sea solo en este artículo estaría bien volver a utilizar aquél decimonónico continuará… para seguir relatando en textos venideros las hazañas de este asombroso defensor de la cultura en la Córdoba del XIX. Cuando falleció, en 1895, Rafael Romero Barros era también Secretario de la Asociación de Obreros Cordobeses, y éstos se disputaron el honor de velar su cadáver y no se separaron del él hasta que fue sepultado en el cementerio de San Rafael. Actualmente, una calle que conecta el Potro con la calle de la Feria lleva su nombre y su espíritu se encuentra en casi todas las instituciones culturales de las que disfrutamos en Córdoba. De lo que seguro no fue consciente es de ser un pionero en el periodismo cultural cordobés. Un auténtico periodista romántico cuyos artículos supervivientes se pueden consultar digitalizados en la web Prensa Histórica.
* El texto que presentamos es un extracto de la conferencia realizada por la historiadora del arte y periodista Marta Jiménez en el Museo de Bellas Artes de Córdoba el pasado mes de abril , dentro del ciclo La obra del mes.

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xiki