TRIBUNA ABIERTA
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Escultura de la serie Carrying. Foto: Ars Operandi |
(…) solamente quien se ha encontrado en su vida con el demonio,
quien lo ha percibido en todo su peligro, sólo ése puede sentirse
enemigo terrible de él.
(Stefan Zweig, La lucha contra el demonio)
A Pepe Espaliú y a su Centro. A Óscar Fernández, su coordinador.
Existe, ese lugar que desprende rabia y sudor. Ese espacio que se contiene y se contrae, minuto tras
minuto.
Espaliú acaba abandonándose a la inevitable naturaleza de herirse a sí mismo—mediante la nombrada
contracción—, mediante una expresión mínima, mediante un silencio de dientes afilados. A su vez, el
aliento que expulsa cada obra hiela la nube que persigue al ingenuo espectador e, inevitablemente,
conduce a la pausa, al estatismo. Lo expulsa fuera de sí mismo: la expresión de Espaliú no quiere
opinión, ni causa, ni descubrimiento, ni halago. Cada golpe del silencio ejecuta una sentencia
irremediable y autónoma, a manera de un martirio profanado, sin ninguna otra causa que la aceptación—unas veces más agónicas que otras—de un yo fragmentado.
No hay ya, en todo ello, un sujeto artístico entendido como tal, en tanto que no hay adjetivación del
sujeto en sí mismo. Hay un sujeto, claro está, aunque difícilmente trazable, difícilmente dado a la
concreción, esparcido entre sus propias ruinas: el dramático desprendimiento, pues, de una libertad que,
quizá en algún momento originario o de juventud, se creyó posible. Se emerge, en definitiva, del
cinismo más crudo y mísero a fin de hundirse en ese cuerpo desintegrado sin ninguna intención de
resolución o de auto-ayuda. No existe, de esta manera, la concepción, en el discurso del cordobés, del
arte como taumaturgia. No hay ya nada que intentar sanar ni—mucho menos—ninguna pretensión de
entender. Así lo exponía el mismo artista: Algunos creen que el arte es una forma de entender el mundo.
En mi caso, siempre fue la manera de no entenderlo..., de no oírlo.1
Y quizá por todo esto y, sobre todo, por todo aquello que ninguna limitación verbal logrará dejar ni
siquiera entrevisto, dejo esquela sobre mi armamento de madera y su inservible, lamentable e inútil
protección.
Pepe es el ave que sobrevuela su propia obra, con negras alas heridas y quién sabe si, posiblemente,
desplumadas. Ya no es tiempo de jaurías ni de plumajes, como sí pudo haber un momento. De poco nos
han servido. Y no hablo, por ello, de un posicionamiento lejano a un arte claro y conciso: recordemos, si
no, su precisa voz alzada en un: Es necesario continuar siendo lo que eres. Yo no quiero ser de
profesión sidoso; yo quiero seguir siendo de profesión escultor. Espaliú entierra los aullidos, Espaliú no
es una queja. Es una apertura a la lápida del silencio para proclamar, así,—desde una posición
fragmentada e, insisto, ya de costumbre mutilada—la destructividad de aquello que el triste y apacible espectáculo de la cultura ha cosido en su sofisticado estandarte: la fortuna de lo actual dícese llamar
«arte».
La realidad de esa parada en la vena de Rey Heredia se muestra casi a manera de holograma
intermitente y de difusa e inquietante proyección, dudosamente atrayente. Se trata, en definitiva, de una
quiebra del carácter expositivo del arte, a pesar de que el planteamiento de cara a una homologada
realidad exterior forme parte inevitable de su esencia, de su conflicto.
De ahí, su relación con el espectador, al que empuja a la vez que invita, de manera pacífica y perversa—perversidad en tanto que se sabe atacante—, al atraparlo, a inhalar la sangre y la atmósfera de su
mutilación, tanto interna como externa. De todo ello, surge, pues, el resultado de un centro expositivo
poco común: un lugar que se presenta al mundo mediante un arañazo. Eso sí, con la discreción de
parecer un sepulcro más. No se equivoquen, no nos equivoquemos—podríamos decir—: Espaliú no les
invita a la escucha. Si acaso, les invita a mendigar por su sombra. Y, de manera, como poco, llamativa,
su producción se ha dado al flirteo con las galerías, con grandes museos, con altivos coleccionistas sin
piel y sin acceso—por su fortuna—a la arritmia que hace del arte un lugar al que plantearse más de cien
veces si uno quiere—o puede—volver. Y, sin embargo, esa advertencia sobre evitar la equivocación con
el estigma Pepe Espaliú es, intrínsecamente, estúpida. Estúpida como lo es la genérica escasa lucidez
que nos guía como espectadores en el camino hacia la pérdida. Precisamente es algo más que sabido e
intencionado—me atrevería a decir—por parte del artista: el “pasen y vean” no interesa al escultor. Sería,
quizá—y en el caso de que, por fortuna inesperada, lográsemos llevar esa carga vil a la inocente
palabra—, un “si pasan, resérvense para la ceguera”. Una vez más, la rotura irrecuperable de una
existencia cuya agresividad nunca fue elegida.
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Vista del patio del Centro de Arte Pepe Espaliú de Córdoba. Foto: Ars Operandi |
Existe, dentro del Mausoleo Espaliú, un concepto de vida que se ha creído, erróneamente, común: se
trata de aquél que es consciente de su imposibilidad y que, a su vez, se da la espalda a sí mismo,
sumergiéndose en el oscuro estanque de una muerte lenta, cotidiana, casi descodificada.
A raíz de todo ello, es casi inevitable acabar cuestionándose si los actuales convencionalismos
museológicos—a menudo tan insustancialmente democráticos—son realmente adecuados y, más aún y
sobre todo, justos, de cara, no solamente a las obras expuestas, sino a los mismos visitantes. La misma
palabra, casi desdicha, querido sistema, me temo que chirría, aquí: visitante. Un visitante—entiendo—es
aquél que entra y sale, y no aquél que entra para quedarse; aquél que hace, en definitiva, una visita,
valga lo redundante de la evidente aclaración. El cuestionamiento de toda esta aglomeración de palabras
no es, pues, otro que el siguiente: ¿acaso permite esa visita, el espacio al que nos referimos? Es más,
¿acaso es honesto hacer o hacernos creer a nosotros mismos—visitantes que, míseros y frecuentemente
corruptos, aspiramos siempre a una nunca asumida distinción—que el legado de Espaliú pretende
realmente la recepción de visitas? Subrayo, como puntualización, que pongo sobre un interrogante el
hecho de qué pretende o no la obra a la que aquí se hace referencia, y no tanto la probablemente
compleja personalidad del artista. No es una cuestión—me libere la fortuna de ello—de adoptar una
actitud mitómana ni tampoco de dejar de lado las intenciones más o menos prácticas del autor, terreno
al que no es de mi interés dirigir mi atención.
Al final, de todas maneras, una acaba dando apertura a la violencia contra el abismo, contra el demonio,
al tomar una ligera conciencia de que el escupitajo, aquí, equivale al halago y, en ocasiones malditas y
puntuales, al hallazgo frente a un espejo poco amable. Dato, por cierto, poco halagador.
1 ESPALIÚ, Pepe. «Retrato del artista desahuciado», En estos cinco años (1987 – 1992). Madrid: Estampa Ediciones, 1993, p. 13
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