26 noviembre 2018

Humberto Rivas, uno de los nuestros. Retratos y paisajes

Montmajour, 1993 Fotografía a las sales de plata, 30 × 60 cm Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona.
Donación del artista, 2006 © Asociación Archivo Humberto Rivas,

Angel L. Pérez Villén / Ars Operandi

Casi dos centenares de piezas, entre fotografías y documentos, componen la exposición dedicada a Humberto Rivas (1937-2009) en la Fundación Mapfre de Madrid. La muestra, que viajará posteriormente a la Universidad de Valencia y a una fundación belga, se nutre de diversas procedencias: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Museo Nacional de Arte de Cataluña, Instituto Valenciano de Arte Moderno, Fundación Foto Colectania y Fundación Mapfre. Una exposición necesaria que reúne lo más significativo de su producción y que sitúa al artista en el foco de la renovación de la práctica fotográfica española del último tercio del siglo pasado. La suya es una obra crucial para entender el posicionamiento que la disciplina lleva a efecto en dichos años y para calibrar el papel del retrato, como uno de los géneros en liza. Su fotografía retrata y atrapa la idiosincrasia del personaje, su fachada y la trastienda. Célebres son sus imágenes frontales de personas cuyo rostro es la única geografía palpable. Solo por esta tipología y serie de obras merece ser recordado en la historia de la fotografía española de décadas pasadas. Aunque Rivas no es español sino argentino, uno más de los que arriba a España (Barcelona) atraído por la nueva situación—está a punto de comenzar la transición democrática—o quizás huyendo de la insoportable presión de los sucesivos gobiernos—estados burocráticos autoritarios—soportados por los levantamientos militares de su país.

Alberto, 1979 Fotografía a las sales de plata, 26 × 26 cm Archivo Humberto Rivas, Barcelona
© Asociación Archivo Humberto Rivas

Desde el inicio ha estado vinculado a la fotografía, si bien comienza alternándola con la pintura y el dibujo, prácticas todas ellas afines a su trabajo en una agencia de publicidad en Buenos Aires. Se introduce en el retrato de la mano de un fotógrafo ruso residente en la ciudad—Anatole Saderman—, comparte su actividad creativa en diferentes colectivos de fotógrafos, abre estudio propio y defiende la cualidad artística del medio. Este último aspecto es fundamental para entender su compromiso con la disciplina, cuando a mediados de los setenta comience en Barcelona a tramar complicidades con los fotógrafos que se sitúan en torno a la Galería Spectrum: Toni Catany, Pere Formiguera, Manel Esclusa, Josep Rigol, Morgan y Joan Fontcuberta, a los que se sumarán otros recién llegados, como Manolo Laguillo, Jordi Socías, Koldo Chamorro, etc… Un núcleo de creadores que configuran una faceta del medio escorada hacia la consideración de la actividad fotográfica como una disciplina artística, en comunión con lo que vienen divulgando algunas revistas de nueva hornada—hablamos de finales de los setenta y los primeros ochenta, AFAL se adelanta una década—como Nueva Lente, Flash Foto, Photo y Photovisión. Una pretensión, la de dotar de categoría artística a la fotografía, que no es exclusiva del contexto español, sino que se hace eco de la corriente generalizada que terminará por eclosionar una década más tarde, cuando la fotografía comience a habitar en las colecciones de los museos y centros de arte y se introduzca en el mercado del arte a través de las galerías. 

María, 1978 Fotografía a las sales de plata, 25 × 25 cm Archivo Humberto Rivas, Barcelona
© Asociación Archivo Humberto Rivas

Decíamos que los retratos de Humberto Rivas—merecen especial atención los realizados en Argentina, entre ellos los de Jorge Luis Borges—desnudan y exhiben a sus retratados. Son figuras, rostros, que postulan con vehemencia la singularidad de sus facciones. En el caso de Borges, su posado es además sintomático, como si de una esfinge sorprendida se tratase, imperturbable en la mirada del otro y proyectando la suya con indiferente superioridad. Mayor empatía transmiten los seres anónimos que pueblan su fotografía. Y no es tanto que transijan ante la mirada del autor, como que éste se deja arrebatar por la humanidad que destilan los rostros. Rostros altivos, sí, aunque también atónitos y ensimismados, rostros de mirada sostenida, que en años sucesivos acompañarán nuestra memoria fotográfica de los años 80. Rostros que preludian otros rostros y series fotográficas posteriores, en la línea de la nueva objetividad alemana. Una corriente que en ese caso tiene su germen en la labor docente del matrimonio Bernd and Hilla Becher y su máximo representante en su alumno Thomas Ruff. Se puede afirmar sin vacilación ni sonrojo que la retratística de finales de los setenta y primeros ochenta de Humberto Rivas—con sus formatos de tipo medio—se anticipa a esta corriente que una década más tarde, gracias al trabajo de Ruff, inunda el mercado de la fotografía con formatos descomunales. Pero Rivas no solo hace retratos de las personas que le transmiten vida, también se decanta por recoger el testimonio de personas que socialmente se hallan degradadas: prostitutas y travestis.

S. T., 1983 Fotografía a las sales de plata, 26 × 35 cm Archivo Humberto Rivas, Barcelona
© Asociación Archivo Humberto Rivas


Y después están los paisajes. Esas vistas urbanas del extrarradio o las zonas empobrecidas de los cascos históricos, bañadas por la incipiente luz del amanecer o la penumbra o la casi negritud de la noche. Calles, inmuebles, fachadas y espacios en los que la decrepitud fabril o el estigma de la periferia dotan al paisaje de un aura metafísico —no hay presencia humana alguna—a contraluz del inminente ocaso. Con el uso del color, las fachadas se visten de luz, lo que implica no solo abandonar la zona de penumbra, también adquirir tonalidades terrosas, de piedras preciosas, aunque espurias y con calidades de sanguina. Ahora la piel de la arquitectura popular se torna en pálido tapiz de la memoria.

Luci, 1990 Fotografías a las sales de plata, 38,3 × 38,3 cm c/u Cortesía de la Fundación Foto Colectania, Barcelona
© Asociación Archivo Humberto Rivas


En el cambio de los años 80 a los 90 sus retratos adquieren un nuevo giro. Primero comienza a retratar cuerpos en lugar de rostros, usa el fondo monocromático negro y mantiene su característica iluminación dura y aséptica, que acentúa aún más la aspereza formal que transfiere a la figura. Pero esta predilección por el cuerpo entero trae como consecuencia una fragmentación de la figura que—en posición de brazos abiertos, como si de un crucificado se tratase—compone un retablo descompuesto en piezas. Otro síntoma más de la época, de nuevo parece como si Humberto Rivas actuase codificando en imágenes el sentir de sus semejantes. El eco expansivo de la figura y la fragmentación espacial de la fotografía—de la experiencia del sujeto, de la identidad del individuo, del integrante de la comunidad—posibilitan el crecimiento y atomizan la desmultiplicación de quienes las disfrutamos.

Humberto Rivas. 
El creador de imágenes 
Fundación Mapfre. 
Sala Bárbara de Braganza 
Clausura: 5 de enero 2019 
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12 noviembre 2018

La profunda huella de Antonio Povedano

Antonio Povedano, Astronauta, 1959. A/L. Foto: J.A.


Rafael Sillero / para Ars Operandi

No es del todo fácil referir la vida y obra de Antonio Povedano desde una ciudad en la que su figura, un siglo después de su nacimiento, sigue teniendo un peso notable. Povedano, además de un artista con una destacada trayectoria, fue un enorme gestor cultural, cuando todavía no era habitual tal término para tal labor. Con una inclinación particular por difundir el arte de su tiempo, organizó exposiciones y encuentros culturales, dirigió la programación de distintos espacios expositivos cordobeses –posiblemente los momentos más álgidos en la ciudad en cuanto a arte y artistas de vanguardia se refiere– y dejó simiente en los alumnos y alumnas que pasaron por sus clases en la Escuela de Artes y Oficios ‘Mateo Inurria’ y en cursos como los que impartió en Alcaudete y Priego de Córdoba, donde en 1988 creó la Escuela Libre de Artes Plásticas. En línea con su compromiso por la renovación de las enseñanzas artísticas y creativas, debemos destacar su metodología para la síntesis de la forma, conocida como Transformación del objeto.

Povedano también supo cómo plantar cara a lo establecido, y así, como cuenta Miguel Forcada en el libro Antonio Povedano en su paisaje, ante las dificultades para la formación que tenían los aspirantes de la provincia de cara a optar a la beca Julio Romero de Torres de la Diputación de Córdoba, planteó una queja ante el tribunal, razón por la cual, al año siguiente, se crearon tres becas para candidatos de la provincia, siendo una de ellas la que posibilitó que el joven Povedano ingresara en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba. 

Todo lo que significó el artista se palpa en Antonio Povedano (1918-2008): creación, identidad y vanguardia, la muestra antológica repartida entre los espacios expositivos del Centro de Arte ‘Rafael Botí’ y Vimcorsa. Un recorrido que nos sumerge en la gravedad de su obra pictórica, que entronca con la vanguardia española que tomó fuerza en los años 50 del siglo pasado −época en la que surgió, entre otras propuestas, el grupo El Paso−, además de posibilitarnos una revisión de sus dibujos, vidrieras, murales, cartelería y diversos documentos como fotografías, escritos, catálogos o correspondencia que el artista mantuvo con colegas como Antonio Saura. 

En el Centro Botí encontramos obras que dan muestra del dilatado recorrido de Povedano como paisajista, desde los comienzos, con su paso por la Residencia de El Paular, hasta sus personales horizontes de las últimas décadas, en los que una decidida combinación de color, materia y gesto crean profundos espacios que sobrecogen desde la vibración más que desde lo puramente identificable. Povedano caminó cercano a la abstracción constructivista, como se observa en las piezas presentadas para la Bienal de Venecia de 1958 –dispuestas en la actual exposición tal y como se hizo hace 60 años–; por terrenos cubistas y, a partir de los años sesenta, por la Nueva Figuración de carácter expresionista. En el mismo centro, con un certero estudio psicológico de los personajes, se exponen diferentes retratos realizados por Povedano, como la pintura de un Camilo José Cela sentado o los sintetizados dibujos de escritores que realizó para la editorial Ágora. En cuanto a arte público, destacan los bocetos para los murales de la Universidad Laboral de Córdoba, con temática rural, y para las pinturas de las iglesias erigidas por el Instituto Nacional de Colonización en las nuevas poblaciones de Jaén y Córdoba. Y visibilizando su constante apuesta por la promoción de artistas, labor que Povedano desarrolló coordinando numerosas exposiciones, principalmente en Madrid y Córdoba, se incluyen obras de Manuel Rivera, Alfonso Albacete y José Vento; además de documentación de la exposición homenaje a Daniel Vázquez Díaz, proyectada en la Dirección General de Bellas Artes de Madrid, en 1953, de la que fue organizador y participante.

Una vista de la exposición de Antonio Povedano en Sala Vimcorsa. Foto: J.A.

“Su dibujo era duro y seco, ya que tenía la formación recia del campo”, nos decía su amigo Venancio Blanco. Y es en Vimcorsa donde descubrimos al artista conocedor de la aspereza de ciertos trabajos. Povedano pertenece a una generación en la que numerosos artistas e intelectuales, dando por buena la máxima chejoviana, se universalizaron a través de lo cercano. La tradición fue revisada desde la vanguardia, y así Povedano realizó series que se adentran en el flamenco, expresión de la que fue un gran apasionado y conocedor, como demuestra sus retratos imaginarios de cantaores, el comisariado de exposiciones temáticas o la numerosa cartelería realizada; en la tauromaquia, captando tanto a los grandes maestros –portentoso es el retrato de Belmonte– como a miembros de las cuadrillas; en la dureza del trabajo en el campo, la mar o los centros industriales; en los modos de vida cotidianos… El recorrido nos lleva finalmente a la parte dedicada a las vidrieras, técnica que retomó vigencia durante la segunda mitad del siglo pasado al amparo de las corrientes renovadoras del Concilio Vaticano II. Povedano realizó varios vitrales, entre ellos, el más grande de Europa en superficie continua de vidrio emplomado; un encargo de Rafael de La-Hoz, para la capilla de las Hijas de María Inmaculada de Córdoba –actualmente parroquia de Santa María Madre de la Iglesia–, que el artista resolvió, entre 1963 y 1966, con un trabajo de 130 m2 bajo el título Letanía lauretana –obra de la que podemos ver una reproducción en caja de luz–.

Sumándose al reconocimiento a Antonio Povedano, y siguiendo su modo de hacer al acercar el arte al mayor número de personas posible, la Fundación Cajasol, bajo la dirección de Victoria Díaz Zarco, ha llevado a cabo un completo e inclusivo programa pedagógico para hacer más accesible la exposición. Igualmente se han realizado medio centenar de actividades relacionadas con la figura de Povedano y su arte, en las que han colaborado diversas instituciones.

Antonio Povedano (1918-2008): creación, identidad y vanguardia 
Sala VIMCORSA. El sentir jondo en la gestación de una vanguardia 
CAC Rafael Botí. Pensamientos y contextos en torno al paisaje. 
Comisario: Federico Castro 
Hasta el 18 de noviembre